lunes, 21 de junio de 2010

miau y su bollito de lana

Mi gato siempre encuentra la manera de alcanzar la bola de lana. Se la lleva en la boca, me gruñe declarando su posesión y empieza a desenrollarla dejando los hilos enredados y atravesados por toda la casa, cual tela de araña de colores.
Hay días que su actividad compulsiva acaba con mi autocontrol y lo persigo sin lograr quitarle la bola, hay veces que me conmueve y lo dejo jugar… cctividad inútil que siempre va acompañada de una más inútil aún…
En algún momento del día o de la semana, ese momento en el que ya es imposible soportar los obstáculos de lana esparcidos por toda la casa, paro lo que estoy haciendo, por más apremiante que sea, y empiezo a enrollar de nuevo el hilo para formar el bollo de lana de donde todo partió.
¿Hay alguna cosa más hermosa e inútil que continuar el ciclo de enrollar y desenrollar el bollo de lana? En ese momento, obviamente no… Un momento en el que me todo desaparece y sólo me concentro en el tonto movimiento circular, en la suave textura, en el pálido color… el sublime momento del todo y la nada, la experimentación más verdadera del vaivén, el encuentro supremo con el motivo de Penelopea, la compresión de la historia total del universo enredándose en mis dedos.