
En Argentina, el eterno juego del gato y el ratón entre hombres y mujeres se intensifica. Es cierto que en el mundo entero hay una morbosas neurosis asociada a las palabras "no" y "quizá", pero lo que aquí pasa podría degenerar en una crisis nacional de procreación sin precedentes.
Los hombres argentinos no dejan de quejarse de que sus mujeres son histéricas (igual se quejan por todo). Después de muchas encuestas y estudios de observación logré descifrar que a esta enfermedad -o cualidad- la definen como la compulsividad reiterada de decir "no" cuando se quiere decir "si".
Las caribeñas no tenemos esa virtud (ahora la considero así por la cantidad de situaciones erráticas que hemos experimentado con los hombres argentinos). Tenemos otros detalles, como no; podemos ser unas celosas desmedidas (no es mi caso), apasionadas y ardientes al extremo, y unas controladoras dominantes a veces insoportables. Todas estas características las conglomeraron en un concepto bastante acertado: La Cuaima, una serpiente ágil, venenosa y claro, muy peligrosa.
Pero hay algo de lo que nos podemos jactar: en la escuela nos enseñaron muy bien el significado de las palabras; sí es sí, no es no, quizá es más sí que no. Además nos enseñaron que era lindo expresar nuestras emociones... aunque también a decir "mentiritas blancas", aunque no venga al caso en este aparte.
Nuestro problema (cuaimas, corríjanme si me equivoco) es el siguiente: los hombres argentinos se acercan a nosotras las caribeñas quejándose de las mujeres porteñas porque siempre dicen que no, de repente que sí y luego que no, más tarde tal vez y finalmente sí... pero no. Entiendo que cualquiera se moleste por tamaña confusión. Y nosotras, felices, llegamos a pensar que siendo claras y cariñosas los íbamos a volver locos a todos y los íbamos a tener comiendo de nuestra mano (como nos gusta)... ¡pero no!
La reacción del macho promedio pampeano es francamente desconcertante. Practica la disciplina del "tira y encoje" como un verdadero veterano desde los 21 y definitivamente una nunca tiene la menor idea del suelo donde está pisando.
Es cierto que nosotras las caribeñas (adiestradas por una sociedad ultraconservadora) necesitamos un poco más de tiempo y mimos, pero una vez que decimos que sí... es sí. En un segundo encuentro cualquier hombre se da cuenta de esto, sea de la Patagonia o de las estepas mongolas.
Pues un segundo sí, parece ser para el argentino (al menos para los recogidos en el estudio entre la experiencia propia y la de las compatriotas encuestadas) un insulto para su capacidad de cortejo. ¿O será que piensan que nuestro "sí" inesperado significa un "no" tratando de conseguirle una coherencia más adherida a su gramática histérica?
El resultado lamentable (para nosotras las caribeñas que nos encanta amar y ser amadas, dormir empiernadas y pasar días enteros entregadas al éxtasis de un novio de tres semanas) es un número importante de divinas latinas mal atendidas, solas y/o brinconas pica flor.
Pues imagínense, con tamaña incomunicación ¿qué hombre va a ser capaz de satisfacer a una mujer en apenas un polvo?... Si no es capaz de distinguir entre un "sí" y un "no", menos será de preguntarle algo tan básico como: "mamita, cómo te gusta".
Y si, sumado a esto, la mayoría de las relaciones no pasan de la segunda cita, o están espaciadas por una cita cada tres semanas... no tengo ni un atisbo de sospecha de cómo las parejas porteñas pasan del "histeriqueo mutuo" al disfrute pleno de una relación hombre/mujer en cualquiera de sus versiones.
Todo lo descrito anteriormente sólo me hace sentir feliz de una sola cosa: de que el venezolanito que más me gusta esté a punto de llegar para volver a quejarme de lo mentirosos, calienta orejas, infieles, machistas y extremistas que son los hombres caribeños.
¡Mejor malo conocido que bueno por conocer!
Boilà!